| | (Letra: Pablo de Rokha 1949, Música: Tito Fernández) Discografía 71. Epopeya de las comidas y bebidas de Chile | como que llueve y no llueve", echadle un trago, como no mirando los nublados que el tiempo deshilacha con relación a una flojera triste que Chile comprende en ausentes lamentaciones, después de haber estado rumiando y bramando. Echada, medio a medio del verano, hinchada de enorme leche verde, estará abierta la sandía, como huasa sin calzones, a fin de que nosotros la comamos a la sombra de las pataguas de Chimbarongo, con bastante de llallis gran harina, mientras la yegua tordilla que montamos con aperos de buen jinete, pasta el poleo o la romaza picoteadas de pidenes y la perdiz silba a la majestad solar, tocando la guitarra de vidrio que le obsequió la lloica anciana, y todo resuella, sudando y enarbolando espigas que relinchan y un galope de potros o de toros, atruena la olla cóncava en donde se cuecen gigantes humitas de cien haciendas. Comola papa asada en el rescoldo del crimen enorme del roce, fritaen grasa la pana y el valdiviano en fuego de bostas, adornado de huevazosy camarones de abril, en los húmedos y plúm- beos crepúsculos de Lagunillas o Ramadillas del Lircay vecino, y el catete en caldo de pato criado con relámpagos. Un vino caliente torna más heroica la madrugada de la remolienda,afirma las cinchas y es como una gran fogata en las montañas americanas, bebámoslo, nosotros los viejos, recordando las buenas monturas de antaño, recordando los lazos trenzados, recordando los caballos que montábamos cuando estábamos desafora- damente solteros y disparábamos nuestro revólver contra todas las cosas del mundo, refocilándonos por encontrarnos bien aperados y siendo los buenos domadoresde entonces . . . Asada, la castaña da gran intimidad heroica a la chimenea, rememoralas cacerías de torcazas y el grito del zorro del tiempo en la quebrada acuchillada por la tempestad, y es maravilloso enternecerlas con aguardiente de la Recoleta Dominica. El chuncho de Hualañé invita al ponche y al mosto, a aquellos pigüelos soberbios de don Juan de Dios Alvarado, en esa enorme chicha bautismal de doña Rosa Díaz, la tía del Mataquito, cuando, por el Bolsón de Leandro bajaban las vacadas de Ramonci- to, bramando adentro de los truenos épicos con Ramoncito,el tontorrón apatronado y pisoteado, a la cintura, y Licantén estaba de barrancas enarbolado por mucho lloviendo, a la orilla del abismo del invierno, que se derrumba, tiempo y cielo abajo, en feroces naufragios de espanto de ciclones. Y pite su pucho de hoja, paseándose, cuando la ñicula arrastrá arrea su inmensa oveja negra por el callejón de on Vicho. Como los locros de ñocos con cochayuyo o mariscos traen entero el mar adentro, como rugiendo solo, es menester cuidarse del oleaje afirmándose en la color vertical de Chile que los ilustres patipelados tragan con moco y todo, entre lágrimas muy pálidas y muy ácidas, y el soldado grande chileno se refriega en las heridas, para lo cual la persona está sentada principalmente en un espino del sur, quemado, pero con viento tremendo, no tomando, sino bañándose en el buen chacolí de octubre, que gritará lleno de banderas. O como fuego con fierro adentro, es decir, el ají con ají, que come el pobre, cuando come, enyugándolo a la cebolla agusanada... | |