| | (Letra y Música: Tito Fernández) Discografía 86. Taba Cayendo la Tarde | (Tito Fernández) T’aba cayendo la tarde, ya el sol no picaba tanto, y las ovejas venían, pa’ su corral en el rancho. Era una tarde tranquila, era una tarde de campo, y una brisa juguetona, andaba por todos lados. Benancio paro el caballo, un jinete se acercaba, y al paso, lento, del lloco, la distancia se acortaba. Al filo de aquella tarde, los dos hombres se encontraron, uno viejo y otro joven, de mano se saludaron. ¡Gusto de verlo Don Guille!, dijo, tranquilo, el Benancio, hace años que no se veida, ni andaba por estos laos. ¡Igual!, le dijo el patrón, vengo a conocer tu rancho, me han dicho que te ha ido bien, y que hasta habís prograsao. ¡Vamos, entonces! po’ iñor!, pa’ que conozca mis cauros, hay uno igualito a usté’, y de usté’ siempre le he hablao. Volviendo grupas el mozo, se jueron emparejaos, mientras caía la tarde, del mundo, por estos laos. La Rosa abrazo a su padre, sin contenerse del llanto, y les dijo, pasen, pasen, tengo una sopa esperando. Las espuelas del patrón, con son de plata sonaron, y sentados a la mesa, los dos hombres se miraron. ¡Lindos tus hijos Benancio, harto bonitos quedaron!, (Los dos cauros asustaos miraban al hombre extraño). Era grande, corpulento, y hablaba juerte y golpiao, les dijo que era el abuelo, del que habían escuchao. Revólver al cinto, fiero, canoso y avejentao, el patrón sigue patrón, quizá de puro porfiao. La Rosa les sirvió el vino, la sopa, el pan amasao, y hablaron de los destinos, de la cosecha, el ganao. Después les cayó el silencio, cuando ya hubieron cenao, y Don Guille abrió los fuegos, del tema tan esperao. Dejar a mis nietos guachos (dijo), no es algo que haya deseao, pero las cosas suceden, y ¡en fin! habrá que afrontarlo. Benancio no entendió mucho, ni siquiera oyó el disparo, que se le metió en el pecho, y lo voltió como un saco. No oyó gritar a la Rosa, no oyó llorar a sus cauros, no olió el humo de la pólvora. ni el relincho del caballo. Don Guille guardó el revólver: ¡ya Rosa, agarra tus cauros, y te venis pa’ la casa, esto ya es tiempo pasao!. Años después la mujer, con rostro desencajao, se miraba en el espejo, y el tiempo no había pasao. Era joven y corría, a ver a su enamorao, en el corral de los sueños, donde la estaba esperando. La juventud es eterna, y no la matan los años, mientras exista el destino, volveremos a encontrarnos. (Por eso) pasaran muchos inviernos, pasaran muchos veranos, y seguirá vivo el cuento, de la Rosa y el Benancio. | |